El final

Conocí a un escritor. Jamás le habían publicado nada, y nunca había escrito nada que mereciera la pena realmente. Había llegado a un punto en que si eso era a lo que había dedicado su vida y eso era lo único que sabía hacer, entonces su vida no servía para nada. A sus veintiséis años se halló de momento discutiendo con la vida en medio de un juego cuyo premio era la muerte, y entre gritos y llantos le dijo el escritor a la vida “aquí estoy, esto es lo que tengo, es lo único que puedo ofrecer, así que si tienes algo preparado para mí, más te vale sacarlo ahora” y decidió darle una tregua a la vida y dejar aparcada la muerte para darle tiempo a su curiosidad.

Tres noches después, nuestro escritor se despertó en mitad de la madrugada empapado en sudor frío, y, jadeante, corrió hacia la máquina de escribir. Tenía algo. Lo tenía. Una idea; y lo curioso de las ideas es que nunca estás seguro de si eres tú el que las tiene o son ellas las que te tienen a ti. Pero no, no era una idea normal, era un final. Un final. En mitad de un sueño o tal vez un segundo antes de dormirse había llegado, tenía el final ¿Pero cómo? No importa. Tenía un final maravilloso. Se lanzó a escribir y en menos de dos minutos tenía dos hojas que constituían el final de una historia que aún no existía. Era perfecto, un final perfecto. Jamás se había sentido tan orgulloso de si mismo. La historia a la que aquel final pertenecía, aún sin existir, era algo grandioso. Pensó que de ahí iba a salir una novela que daría sentido a su vida y también a la de quien fuera que la leyese. Por primera vez desde que perdió la inocencia, fue feliz. Y, por supuesto, esa felicidad no iba a desaparecer nunca.

De modo que, teniendo el final, que rozaba la perfección desde todos los ángulos, a la mañana siguiente se lanzó a escribir la novela. Todo lo que escribía, todo el argumento, las situaciones, los personajes, las tramas, todo debía encauzarse hacia aquel final que aguardaba en un cajón del escritorio. Un fuego salvaje se apoderó de sus dedos, que aporreaban las teclas como si estuvieran poseídos por alguna musa o demonio. El roce de las yemas de los dedos con el plástico era casi sexual, el sonido rítmico y metálico de las letras imprimiéndose en el papel se adentraba en los poros de su piel en forma de escalofríos. El avance de la historia, de las frases, de las palabras, le sumían en una sensación cálida y fría al mismo tiempo, y entonces tenía que morderse el labio para no desmayarse. No creía que nadie más en el mundo hubiera sentido o pudiera siquiera sentir esos cúmulos de sensaciones que estaban mezclando su cuerpo con su alma, y todo, absolutamente todo, acababa en el papel. Y él era Dios. Él creaba. Cambiaba la realidad de los folios en blanco que pasaban a formar parte de una corriente espiritual que era capaz de cambiar la realidad.

Durante los seis meses siguientes se enfrascó en su novela, no dejó de escribir, no salía de casa y apenas dormía. De vez en cuando se daba cuenta de que habían pasado decenas de horas desde que se había sentado a escribir y decidía comer algo. Pero esos momentos fuera de su labor creadora no existían realmente, eran simples pausas entre lo que era su existencia en realidad. No había más ser que el de la conjunción entre su alma, su cuerpo, y la historia. La historia. La historia poseía su mente “si me muriera ahora mismo tardaría un par de horas en darme cuenta” pensó, y siguió escribiendo. Nada podía apartarle de la historia.

Tras esos seis meses, su cuerpo había perdido una cuarta parte de su peso, su piel se había tornado blanca, sus uñas había crecido, su barba poblaba la piel de su cara, y, temblando, presionó la última tecla. Había llegado. Todo el flujo de salvajismo que había sido aquel proceso había llegado a su fin. Había llegado al final. Y tan solo tenía que colocar las dos hojas detrás de lo que había estado escribiendo. Sentía que sus pies flotaban a unos centímetros del suelo. Y cuando rescató el final de la novela del cajón del escritorio se le heló la sangre.

Entre respiraciones ansiosas y temblores, descubrió que aquel final que había escrito en mitad de la noche, aquel final que había cambiado su vida, que había obligado a su ingenio a dirigir la totalidad de su existencia hacia él, aquel final había cambiado. Ya no era el final que había escrito. Por un momento pensó que aquello era fruto de sus días sin dormir y su cansancio acumulado, pero no. El final había cambiado ante sus ojos. Había cambiado por generación espontánea, o tal vez por propia voluntad. La habitación comenzó a encoger y a retorcerse sobre su cuerpo. El aire se iba agotando, hasta convertirse en una masa espesa que pasaba por su garganta desgarrando la carne blanda de sus entrañas. Los ojos parecían querer salirse de sus órbitas. A través de la ventana pudo ver cómo la luna se iba alejando y como el cielo iba cayendo en pedazos sobre la ciudad dormida. Su cuello se volvió rígido y sus órganos cambiaron de sitio. No pudo soportarlo y se suicidó.

Unas semanas después, cuando lo encontraron, el desconcierto se apoderó de los bomberos que habían tenido que derribar la puerta. Encontraron kilos y kilos de basura acumulada, un pájaro muerto en una jaula, el papel de las paredes despegado y unos muebles arañados cuyas astillas se encontraban entre las uñas del escritor mezcladas con su sangre. Algún conocido indicó a los presentes que se había encerrado a escribir una novela, que se encontraba feliz y que no hacía otra cosa que escribir.

Pero no había ni un solo papel escrito en aquella casa. De hecho, la máquina de escribir llevaba ya tiempo con la cinta rota.

6 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho Javi, sigue escribieno

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  2. me ha gustado mucho!!!!!!! que siga la cosa que me pasaré por aquí;)

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  3. genial!! todo el párrafo de cuando está escribiendo me ha puesto los pelos de punta nen!!

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  4. Ey qué chulo!! Sigue publicando cosas!!

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